Empezá a leer La tierra sin mal

21 septiembre, 2015 Home, Noticias

En octubre llega el final más esperado, La tierra sin mal, tercer y último volumen de la Trilogía del perdón. Te ofrecemos a continuación un adelanto exclusivo de esta historia que en poquitos días tendrás en tus manos:

***

Emanuela asentó la fecha en su cuaderno, 6 de agosto de 1753, y prosiguió en guaraní, como cada día desde que había tomado la costumbre de escribir las efemérides durante las interminables y tediosas jornadas de navegación, en el viaje hacia el Paraguay.

“Hoy, que se celebra la Transfiguración de Nuestro Señor Jesús, se cumple un mes de mi llegada a Orembae. Doña Florbela, Dios la bendiga, me ha tomado de las manos y me ha dicho que yo, con mi don, he transfigurado el rostro de su esposo, don Vespaciano. ‘Quitaste la desesperanza de sus ojos, querida Manú, y pusiste de nuevo el brillo que tanto llamó mi atención el día en que lo conocí’. Me gusta cuando doña Florbela me llama ‘querida’ o cuando, sin darse cuenta, me dice ‘hija’. Siento que, a diferencia de la casa de la calle de Santo Cristo, pertenezco a Orembae. Aquí nadie me condena por estar encinta y sin esposo, y me han recibido con el mayor de los cariños, pese a que debe de significar una gran falta para ellos.

”Hoy he cambiado el tratamiento para sanar las escaras de don Vespaciano, las cuales, cuando llegué, me asustaron, sobre todo la que se había formado en la zona del sacro. Como de costumbre, las he lavado con agua hervida y jabón de sosa, y en lugar del aceite de escaramujo, he optado por un emplasto de hojas de llantén, que mi taitaru siempre indicaba como un gran astringente, capaz de detener la pudrición de la carne. A pesar de que doña Florbela se escandalizaba al principio, cada mañana y cada atardecer, Cosme y Mateo, los indios encomendados que se ocupan de las necesidades de don Vespaciano, lo desnudan, lo urucuizan y lo ubican en el sector más resguardado del jardín para que el sol dé de lleno sobre las heridas. ‘El sol’, decía el padre van Suerk, ‘y el agua del mar son los mejores cicatrizantes que conozco’. Los indios lo abanican con hojas de güembé para evitar que las moscas y otros insectos hagan nido en la escara. También hice cambiar el colchón por uno más blando y he colocado almohadillas rellenas de pluma de ganso y forradas de satén en los puntos más críticos, como los del sacro, brazos y talones. Además, día y noche, mantengo una palangana con agua bajo la cama; mi taitaru la colocaba bajo las hamacas, cualquiera que fuese el morbo. Estas medidas y un cambio rotundo en su dieta le regenerarán el tejido muerto. Doña Florbela enseguida prestó su consentimiento para que la cocinera le preparase las comidas que yo señalo. Es preciso que ingiera maní, nueces, porotos, frutas —mango, papaya y ananá especialmente—, verduras y carnes de pollo y pescado. Come por onzas y todo majado, ya que prácticamente no puede masticar.

”Soy optimista en cuanto a la recuperación de don Vespaciano. Le impongo mis manos todos los días, y, mientras pienso en mi hijo, que crece dentro de mí, y en Aitor, percibo cómo el calor abandona mi cuerpo para fluir en el de él. Ha comenzado a mover los dedos de las manos y a girar apenas el cuello. Hace esfuerzos por articular. Su necesidad por comunicarse me abruma. A veces su desesperación se apodera de mí y preciso alejarme un momento para recobrar el ánimo. Es imperativo que me vea sonriente y fuerte.

”Le hablo continuamente. Le cuento de Aitor, solo las cosas buenas, de cuando era niño, de cuando se convirtió en aserrador con solo trece años y se pasaba semanas lejos de mí, de cuando se disfrazó de luisón para darle una lección a su sobrino Laurencio nieto. Esta anécdota lo hizo sonreír, y los ojos se le colmaron de lágrimas. Se emociona continuamente. Conozco la sutil mueca que ejecuta cuando desea poner su mano sobre mi vientre, que apenas asoma bajo la bata de cotilla. Abre grandes los ojos y sonríe si percibe que mi hijo se mueve. El calor de su mano traspasa la tela y llega hasta mis entrañas. Percibo el vigor que, poco a poco, va regresando a esos dedos que estaban muertos cuando llegué a Orembae.”

 * * *

Emanuela había tomado el bastón de mando en cuanto a la salud de Vespaciano de Amaral y Medeiros se refería, y doña Florbela y Ginebra se lo habían cedido de buena gana. Aun en otras cuestiones domésticas su buen juicio y practicidad se imponían de manera sutil, y a un mes de su llegada a la hacienda, las domésticas se dirigían a ella para solicitar indicaciones, lo mismo la señora de la casa, pues doña Florbela la consultaba de continuo, por ejemplo, le había pedido un tónico que le devolviese el vigor; también Ginebra, aunque diese más rodeos, le preguntaba, sobre todo por cuestiones concernientes a sus hijas. Días atrás, le había comentado acerca de las continuas hemorragias nasales de Emanuelita, la mayor de dos años.

Al igual que había cambiado la dieta de don Vespaciano, dispuso alteraciones en la de doña Florbela, que debía ser rica en carnes rojas, en especial hígado de vaca y morcilla, que nadie conocía en la región, pues era cosa de los esclavos porteños, por lo que Emanuela le enseñó a prepararla a la cocinera con sangre de vaca y de cerdo, como tantas veces había visto hacerlo a Romelia. También era preciso que la señora consumiese legumbres y verduras de hojas verdes, sobre todo acelga y espinaca, y leche fresca. Doña Florbela, de apetito casi inexistente, se resistía, y Emanuela la instaba como si se tratase de una niña. Para atizarle el hambre, le preparaba una infusión de hinojo y coriandro, y añadía acedera a la ensalada, porque era sabido que su sabor áspero invitaba a comer.

En cuanto a Emanuelita y su sangrado nasal, al principio la trató con un emplasto de alumbre, el cual interrumpió días más tarde porque le irritaba la piel. Recordó, entonces, que su taitaru se había ocupado de un problema similar que aquejaba al hijo más pequeño de su hermano Andrés, para lo cual había embebido con jugo de llantén un canuto hecho de estopa, que había colocado en el orificio sangrante de la nariz. Así fue cómo decidió cambiar el tratamiento de las escaras de don Vespaciano, cuando recordó que el llantén poseía esa propiedad cauterizante y era un gran astringente.

No resultó tarea fácil convencer a Emanuelita de que no se quitase el canuto de la nariz, el cual debería llevar por un buen tiempo, excepto de noche; se lo retiraban apenas unos segundos para renovar el concentrado y volvían a colocárselo. Ginebra perdía la calma cuando la niña se lo sacaba, y en una ocasión acabó dándole un mamporro, que la hizo llorar, lo cual provocó una nueva hemorragia. Emanuela la cargó en brazos y la llevó a la pieza de Drusila, una india del servicio doméstico, donde había parido una de las tantas perras de la hacienda. Se pasaron un buen rato con los cachorros. Emanuela la observaba mientras la pequeña los acariciaba con una delicadeza que sorprendía para una de su edad. Los rizos rubios le rebotaban cada vez que movía la cabeza y los ojos celestes la buscaban para sonreírle o comentarle algo en su media lengua guaraní. Le prometió que, si no se quitaba el canuto, el perrito que ella eligiese le pertenecería. Se decidió por una hembrita, la más gorda y mullida.

—Es una niña —le explicó en guaraní—. ¿Cómo la llamarás?

—La pequeña agitó los hombros y los bucles le bailaron sobre el rostro de querubín—. ¿Por qué no la llamamos Marã, por estas manchitas negras que tiene en el lomo?

—Marã —repitió Emanuelita, con bastante claridad.

—Ahora debemos dejarla con su sy para que siga amamantándose. Dentro de unas semanas, vendremos a buscarla y la llevaremos a vivir con nosotros. Pero recuerda: solo si no te sacas el canuto.

—Sí, tía Manú.

A Ginebra no le cayó en gracia la noticia de que una perrita formaría parte del elenco de la casa; ya demasiado tenía con el tal Orlando, siempre pegado a las faldas de Emanuela, o la macagua posada en su hombro. Del mismo modo con el que habían admitido las mascotas de Manú con naturalidad y hasta se habían encariñado con ellas, doña Florbela y Lope se mostraron complacidos con la idea de una perrita para la niña y la aceptaron con grandes muestras de entusiasmo, que hicieron reír de manera gangosa a Emanuelita, dado el canuto en la nariz. Ginebra suspiró y calló, resignada. No ganaría esa batalla, pues nada le negaban a la niña, menos que menos a Manú, por quien sentían una devoción rayana en lo religioso.

Ginebra quería a Manú y admitía que, desde su llegada, la vida se le había facilitado. Se ocupaba de las labores que a ella fastidiaban y lo hacía con un ánimo inquebrantable, siempre con una sonrisa, como si las encontrase divertidas. Esa alegría que nunca la abandonaba, ¿sería la consecuencia de saberse amada por un hombre como Aitor? El aire se había cargado de su energía, e incluso las domésticas, a las que siempre les pesaban los pies, se movían más deprisa. El aroma también había mudado, y Ginebra pronto descubrió que se debía a que Manú quemaba a diario anime y otras resinas. Una mañana se encontró elevando la nariz al entrar en la sala, mientras seguía la estela de la esencia. Los aromas agradables operaban maravillas en su espíritu entristecido desde que sus padres habían abandonado Orembae y desde el soponcio de su suegro. La atemorizaba que la hacienda estuviese en manos de Morales, ese pícaro al que ella no le habría confiado una gallina, y temía que un día se despertasen y se encontrasen con que el capataz se había alzado con las vacas y las mulas y abandonado las sementeras y los cultivos a su suerte.

No tenía duda de que, con Manú viviendo allí, Lope permanecería en Orembae, lo que no significaba que se ocuparía de las cuestiones de la hacienda, las cuales no solo detestaba, sino que desconocía. Seguiría inmerso en sus libros, escritos y traducciones y elegiría olvidar que dependían de que el algodón y la yerba se recolectasen o de que los animales fuesen vendidos en las ferias.

¡Cuánto echaba de menos a Aitor! Él se habría encargado de todo, de las tareas del campo y de librarla del convencimiento de que seguía adelante porque respirar era un acto mecánico. Hacía meses que no lo tenía en su cama, y eso comenzaba a pesarle. Necesitaba de su vigor, de sus modos bruscos, de su sinceridad, cruel a veces. La hacía sentir viva. Después de la vez en que la había desvirgado antes de su boda, habían vuelto a estar juntos un año más tarde, a mediados del 51, en ocasión de una visita de Aitor, en la que ella, al igual que la primera ocasión, se escabulló a su pieza. Conocía el motivo de su semblante ensombrecido: Manú había abandonado San Ignacio Miní y a él. El mal humor, en realidad, ocultaba un corazón destruido. Ella habría podido acabar con su miseria, pero no lo había hecho. Si le revelaba dónde se hallaba el amor de su vida, correría a buscarla y ella lo perdería. Y eso fue lo que ocurrió cuando lo supo, vaya a saber cómo: corrió a buscarla.

Aunque Manú se había mostrado reservada en cuanto a la identidad del padre de su hijo y a las circunstancias que la habían impulsado a fugarse de lo de Urízar y Vega, y pese a que Lope fuese una tumba, no necesitaba que le dijesen que el niño era de Aitor. La sorprendieron los celos y la envidia. Siempre había sabido lo profundo e inconmensurable que era el amor que el indio profesaba por Emanuela, y nunca lo había celado. Se contentaba con tenerlo cada tanto para ella, para amarlo sin revelarle que lo hacía, con ese modo tan suyo de no mostrar lo que en realidad habitaba en su corazón. También la sorprendió desear haber quedado embarazada de Aitor, lo cual habría sido imposible —él jamás se aliviaba dentro de ella—, además de un escándalo, pues la huella de una sangre tan fuerte como la de ese indio salvaje habría quedado impresa en los rasgos del niño para condenarla.

Tal vez ahora que Manú vivía en Orembae, lo tendrían de nuevo entre ellos, quizá para siempre. Sí, estaba feliz de contar con Manú en la hacienda.

 * * *

 Lo sacaron del ensimismamiento las risotadas de Hilario Tapary, un guaraní que, junto con Ambrosio Corvalán, un peninsular que se proclamaba minero, se habían unido al grupo que formaban él y su gente. Los habían hallado medio desfallecidos de hambre y sed un par de leguas antes de cruzar el río Uruguay. Los Marrak —Melor, Ruan y Conan—, mineros de la zona de Cornualles, que habían interrogado a Corvalán, aseguraban que el hombre entendía de metales y de su extracción, en especial de la plata. Aitor no se fiaba, y los mantenía bajo vigilancia. Jamás les permitía hacer guardia durante la noche, pese a que el guaraní y el español se ofrecían.

Corvalán y Tapary eran socios; el primero sabía cómo arrancar la plata de la veta y Tapary conocía la ubicación del metal. Se lo había confesado en su lecho de muerte el encomendero al que había servido desde pequeño. La mina se hallaba en la Gobernación del Tucumán, en la jurisdicción de San Luis.

—Está en el Cerro de las Invernadas —había especificado el indio.

—¿Qué sucedió? ¿Por qué no la explotaron? —se interesó Aitor.

—Porque no basta con hallar la mina, señor Almanegra —había declarado Corvalán—. Para extraer el metal se necesita mucho dinero, y yo no conseguí a nadie dispuesto a confiar en mi hazaña.

Aitor fijó sus ojos amarillos en el español y guardó silencio. El hombre acabó por bajar el rostro, intimidado. Quería que le temiesen, todos ellos. “Que te teman, sí”, había acordado Conan Marrak, “pero que te respeten también. Si te temen sin respeto, te odiarán, y jamás podrás dormir tranquilo”.

Después de una conversación con los Marrak, había decidido que ofrecería a Corvalán y a Tapary trabajar en la mina de estaño. Tiempo atrás lo había hecho con el resto de la comitiva: Lindor Matas, su padre, Ismael, su madre, Delia, y su hermana, Aurelia; con Sancho Perdías, Rosario Contreras y Carlos Frías; con el esclavo Ciro y el peninsular Manuel. Todos habían aceptado seguirlo en su aventura.

—Nunca es suficiente la mano de obra para llevar adelante el trabajo de una mina —había asegurado Melor Marrak, padre de Conan y hermano de Ruan—. Cuantos más seamos, mejor.

Confiaba en los Marrak y también en Lindor e Ismael Matas. Se mantenía atento con Frías, Perdías y Contreras, que si bien habían arriesgado el pellejo para sacarlo de prisión, el instinto, que tantas veces lo había salvado en la selva, le señalaba que no se relajase del todo con ese trío de militares fugados. En cuanto al peninsular Manuel, que se apellidaba López, era el muchacho más callado y tímido que Aitor conocía, aunque muy diligente y servicial, nunca se quejaba y siempre se mostraba dispuesto a echar una mano o a realizar las tareas. Debía de ser un poco mayor que él, pero su semblante de niño asustado lo hacía sentir viejo. Se preguntaba si las miradas fugaces que le había visto echar a Aurelia hablaban de un sentimiento que crecía dentro de él; la muchacha, por su lado, lo trataba con la misma frialdad que destinaba a los demás. El que había resultado una joya era el esclavo Ciro, y Aitor se felicitaba por haberlo aceptado en su variopinto grupo. Era el primero en levantarse y el último en acostarse, ayudaba a las mujeres con las tareas domésticas y, cuando llegaban a un río o a un arroyo, le lavaba las pocas ropas con las semillas del ybaro o árbol del jabón, que producían espuma en contacto con el agua, o con las raíces de la mandioca.

Aitor extendió su cacharro, y Aurelia le vertió un poco más de café. Estaba habituándose al amargo brebaje desde que la yerba se había acabado semanas atrás. Se había negado a comprar en el último puesto en parte porque no quería hacerse ver —después de todo, era un prófugo de la justicia— y también porque no quería gastar un cuartillo del dinero que le había dejado don Edilson Barroso.

—¿Por qué se dirigen hacia el norte? —La voz de Aitor acalló los bisbiseos y las risas.

—Hilario —tomó la palabra Corvalán— está buscando a su familia, que vive en una reducción de franciscanos.

—En Itapé —aclaró el indio.

—Y yo —prosiguió el español— me dirijo al Brasil, a la zona de las minas. Dicen que pagan buenos jornales.

Aitor escupió a un costado e insultó, y su actitud desconcertó a todos.

—Los mamelucos —dijo, y se refería a los portugueses— son felones como una yarará.

—Estuve en Potosí —explicó el hombre, con resquemor— y los compatriotas de allá no me trataron como a un buen cristiano.

—Los peninsulares venden a su madre por dinero, lo mismo que los mamelucos.

En el mutismo que siguió solo se escuchaban el crepitar de los leños y los chillidos de los animales nocturnos. Los iris de Aitor descollaban como brasas ardientes a la luz del fogón, y Corvalán, después de unos instantes, rompió el hechizo que parecían lanzarle esos ojos amarillos y bajó la vista. Como siempre que ese hombre lo miraba de hito en hito, tenía la impresión de que pretendía arrebatarle el alma.

—No todos los peninsulares tenemos mala entraña, señor Almanegra —se atrevió a expresar.

—Llámeme solo Almanegra. Mi gente y yo —continuó sin pausa— nos dirigimos hacia una zona donde hay una mina de estaño que me pertenece. —Tapary y Corvalán elevaron las cejas—. Les ofrezco trabajar en ella.

—¿De estaño? —Corvalán no fue capaz de esconder el timbre de desprecio.

—Sí, de estaño —intervino Melor Marrak al advertir el gesto encolerizado de Aitor—. Se trata de un metal muy requerido, en especial para la fabricación de armas.

—Sí, claro. ¿Dónde se encuentra?

—¿Por qué pregunta? —lo encaró Aitor, muy celoso de la ubicación de la mina; solo le había mostrado el mapa a los Marrak y dormía con él bajo la cabeza—. Yo lo conduciré hasta la mina, que está mucho más cerca que las del Brasil. Si está interesado, dígalo. De lo contrario, mañana por la mañana seguirá su camino y nosotros, el nuestro.

—¿Cuánto es la paga que ofrece, señor… Almanegra? —se corrigió Hilario Tapary.

Aitor no habría sabido qué contestar a esa pregunta si los Marrak no le hubiesen explicado el sistema por el cual se compensaba a los mineros.

—Un real por jornada de trabajo y cuatro maravedíes por cada onza de mineral extraído, cualquiera que sea su ley. —Se sentía importante agregando esa expresión, “cualquiera que sea su ley”, la cual, a decir verdad, entendía a medias. Sabía, gracias a Conan, que tenía que ver con la calidad del estaño; al parecer, no todo el estaño que la tierra donaba poseía la misma pureza.

Tapary y Corvalán intercambiaron miradas y asintieron.

—Aceptamos —manifestó el español.

—Además, les ofrezco comida y protección.

—Confiamos en vueseñoría, Almanegra.

Aitor profirió una risotada tan inesperada que sobresaltó a la mayoría.

—Pero no debería, Corvalán. No debería —insistió, y reveló los colmillos puntiagudos al sonreír—. Los míos me desprecian porque aseguran que soy un luisón.

—¡Dios nos libre y nos guarde! —masculló Tapary, y se hizo la señal de la cruz.

Aitor volvió a carcajear ante la reacción del guaraní.

—¿Qué es un luisón? —quiso saber Corvalán.

—Pregúntele a su amigo Hilario —dijo Aitor—. Él sabrá explicarle. —Saltó en pie inopinadamente, con la agilidad y la flexibilidad con la que manejaba su cuerpo—. Frías, Matas, ustedes empezarán con la guardia esta noche.

—Sí, Almanegra.

Se alejó hacia el arroyo para orinar. Y para pensar. En ella, en Emanuela. Elevó la vista al cielo. La luna creciente encandecía en el cielo negro y sin nubes.

—Jasy —susurró, y detestó que le fallase la voz. A veces, como en ese momento, en que la recordaba tensa, los ojos enormes y azules fijos en él mientras la desvirgaba, le sucedía que la voz le fallaba, y que las emociones lo dominaban, lo debilitaban, y la odiaba. Odiaba amarla y necesitarla con esa ansiedad que le carcomía las vísceras, le aceleraba la respiración y le quebraba la voz. Odiaba que ella no lo necesitase con la misma pasión. Había vuelto a abandonarlo, se había ido sin importarle cuál era su suerte. Según Aurelia, la noticia de su encarcelamiento la había destrozado. Él dudaba, pues se había fugado y ni siquiera le había dejado una carta. ¿Se entregaría a Lope? ¿Claudicaría a sus ofrendas de amor? “Quiero que comprendas algo: una cuestión fue haberme ido del pueblo sin haberte esperado porque estaba rabiosa de celos y de dolor, y otra muy distinta habría sido entregarme a otro. ¿Crees que podría soportar sobre mi cuerpo las manos de uno que no fuese mi adorado Aitor?” ¿Le creía? Después de todo, le había prometido que no volvería a apartarse de él y lo había hecho. Apretó los puños. Degollaría a Lope y no le importaría convertirse en un Caín.

Soltó el aliento con un sonido exasperado. ¿Hacía cuánto que no la veía, que no la estrechaba en sus brazos, que no le hacía el amor? Conan, que, meticuloso como era, le seguía la huella al tiempo y tomaba nota en un cuaderno, el día anterior le había dicho que era 20 de agosto. A él, los blandengues lo habían apresado el 14 de marzo, y la tarde de ese día había sido la última junto a su Jasy, una tarde amarga, en la que ella le había dicho: “Vete, Aitor. Vete y no vuelvas más. No soporto siquiera el sonido de tu voz”. Después de más de cinco meses desde la conversación que habían sostenido esa tarde, las palabras que evocaba con claridad eran esas: “Vete y no vuelvas más”.

Cinco meses sin su Jasy. El viaje se había prolongado. Las primeras leguas se habían convertido en un martirio, con la milicia tras ellos y las mujeres que lentificaban la marcha, más allá de que no se arrepentía de haber permitido que los acompañasen. Gracias a ellas, siempre tenían una comida caliente, café y un pan muy sabroso que cocinaban sobre los rescoldos y al que llamaban jallullo. Les habían confeccionado unos almofrejes, donde guardaban la cama de camino y otras pertenencias, y les remendaban la ropa que tan a menudo se rasgaba a causa de las ramas y las espinas, pues, para evitar las rutas que se encontraban plagadas de soldados, andaban por senderos agrestes y caminos de sirga.

Sí, el viaje se había prolongado, pero estaban a treinta leguas de Orembae, y ya podía saborear el reencuentro con Emanuela. Se le notaría el embarazo. La imagen de su Jasy con el vientre hinchado arrasó con la rabia y el resentimiento. Una calidez se propagó por su pecho y lo impulsó a sonreír a la nada. ¡Cuánto ansiaba verla desnuda, tomarla como los animales, mientras su mano le sostenía el vientre, sostenía al hijo de los dos!

—Oh, Jasy —se estremeció, mientras las escenas de las cópulas compartidas se sucedían y le provocaban una erección. Se alivió deprisa y cayó de rodillas, la cabeza echada hacia delante, el corazón alborotado, la garganta tiesa y la sensación de vacío expandiéndole el hueco en el pecho que dolía y ardía desde que ella lo había abandonado.

Un alboroto en el campamento lo puso en guardia. Se ajustó los pantalones y corrió en dirección al fogón. Enseguida distinguió a una muchacha, muy joven, no más de quince o dieciséis años, que temblaba junto al fuego. Aurelia le echaba una manta encima y Delia le ofrecía una taza de café. Los hombres, agrupados frente a ella, la contemplaban con la actitud de quien está presenciando una aparición.

—¿Qué sucede aquí? —La voz de Aitor los sobresaltó; como era habitual en él, se había aproximado con el sigilo de un felino.

—La encontramos echa un ovillo a orillas del arroyo cuando fuimos a lavarnos —barbotó Aurelia—. Oímos un gemido y ahí estaba la pobrecita. No ha dicho palabra.

Aitor se aproximó y la estudió al favor de la luz del fogón. A juzgar por los rasgos, era guaraní.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó en su lengua.

La muchacha elevó la vista y lo observó como si acabase de despertar de un sueño profundo. Se echó hacia atrás, ajustó la manta y lloriqueó. Delia se acuclilló junto a ella y le pasó un brazo por los hombros.

—No temas. No te hará ningún mal. La joven la miró y sacudió la cabeza.

—¿Cómo te llamas? —insistió Aitor en guaraní.

—Lucía Paicá —susurró.

—¿Paicá? —repitió Aitor, y la muchacha asintió sin mirarlo—. Eres de San Nicolás —afirmó; había reconocido el apellido, que pertenecía a uno de los caciques importantes de esa doctrina. La muchacha asintió de nuevo.

En San Nicolás había nacido la sublevación de los guaraníes en contra de la mudanza a otras tierras. El pueblo se hallaba lejos, a unas nueve leguas hacia el norte por el camino que ellos seguían; lo conocía bien de sus años como aserrador. En una oportunidad, el capellán, el pa’ i Carlos Tux, le había permitido dormir en las barracas cuando hachaba en los alrededores. Dudaba de que lo recordase.

Aitor sujetó el mentón de la muchacha, que lo miró con miedo, pero no apartó la cara. Se la estudió, moviéndola hacia uno y otro lado.

—¿Quién te ha golpeado?

—Un hombre.

—¿Quién?

—Uno que, con engaños, me sacó de mi pueblo.

—¿Para qué?

—Para entregarme a los soldados portugueses.

—¿Un hombre de tu pueblo?

—No. Llegó tiempo atrás cuando comenzó la sublevación.

—¿Por qué quería llevarte con los portugueses? La muchacha agitó los hombros y bajó el rostro.

—Estoy perdida —lloriqueó—. Logré escaparme, pero me perdí.

—Mañana por la mañana, te llevaré de regreso a tu pueblo. Lucía Paicá elevó la vista y lo contempló con devoción.