Empezá a descubrir Almanegra, la nueva novela de Florencia Bonelli

16 marzo, 2015 Home, Noticias

Empezá a palpitar Almanegra, la segunda parte de La trilogía del perdón en este adelanto exclusivo. Compartimos también y por primera vez la tapa.

Te recordamos que Almanegra estará en todas las librerías a partir de abril.

 

(1750-1753)

CAPÍTULO I

 

Aitor Ñeenguirú se despertó confundido y con el cuerpo agarrotado.

Tragó varias veces para humedecer la garganta, y la boca le supo a podrido. Frunció el ceño y se incorporó a medias, apoyando el antebrazo en el suelo. Una presión en las sienes le causaba un dolor tan agudo, que terminó por provocarle arcadas. Intentó apaciguar la tormenta de su estómago tomando largas inspiraciones, pero fue en vano. Vomitó en el piso de piedra. Al mal sabor de boca se le sumó el del vómito, y no colaboró para que se sintiese mejor. Escupió varias veces y se secó con la manga de la camisa.

Estudió el entorno con ojos legañosos y se acordó de que la noche anterior, después de enterarse de la peor noticia de su vida, había terminado en la torreta, borracho y soñando que le hacía el amor a Emanuela.

La felicidad que había experimentado en el sueño colisionó con la realidad, y le acentuó el dolor de cabeza y el malestar del estómago.

Estiró la mano y sujetó los tres objetos que había hallado al pie del telescopio:

el soneto ciento dieciséis de Shakespeare traducido al guaraní, el collar de conchillas que le había regalado a Emanuela en su quinto cumpleaños y la piedra violeta que le había traído del río.

Se sentó con cuidado, los ojos cerrados y la respiración acelerada.

Cada movimiento le provocaba ecos de punzadas y malestares. Al levantar los párpados, la descubrió a Olivia, dormida a pocos palmos de él. Desnuda. Las imágenes lo bombardearon, y comprendió, entonces, que había soñado que le hacía el amor a su Jasy, cuando en realidad se lo hacía a la india. Se sujetó la cabeza y ahogó un grito de frustración, seguro de que había plantado su semilla en el vientre de la muchacha, algo de lo que siempre se había cuidado.

—Mierda —masculló, en tanto un sentimiento de odio e ira se apoderaba de su endemoniado carácter. Se odiaba a sí mismo y odiaba a la mujer que yacía cerca de él porque, juntos, habían lastimado profundamente a Emanuela, al extremo de conducirla a tomar una decisión con la cual él aún no se reconciliaba, con la cual jamás se reconciliaría: su amada Jasy había abandonado el pueblo, a su familia y, sobre todo, a él. ¿Cómo haría para empezar cada jornada sin ella?

Se puso de pie sujetándose a la pared y apretándose los párpados.

No quería vomitar de nuevo. Respiró lenta y profundamente hasta que se detuvieron los giros en su cabeza y se creyó capaz de caminar.

Lo hizo dando tumbos y, mientras se alejaba hacia la puerta, no echó un vistazo a la mujer que quedaba sola, tendida en el suelo.

Al salir, se dio cuenta de que el pueblo dormía. Bajó con cuidado la escalera externa y, al llegar al final, se alegró de encontrar a su fi el caballo, que lanzó soplidos y piafó a modo de queja. Incapaz de montarlo sin riesgo a terminar escupiendo el estómago, lo condujo por la rienda hasta su casa, donde lo ató en el horcón de la enramada. Como no se atrevía a entrar, se sentó en el suelo, apoyó la cabeza contra la pared y cerró los ojos. Tuvo la impresión de que habían pasado algunos segundos cuando escuchó la voz de su madre.

—Aitor, hijo, despierta.

—No, déjame.

—Vamos, abre los ojos.

—No puedo.

—Entonces, bebe esto con los ojos cerrados. Es una tisana de toro-ka’a. Te calmará el malestar. Manú siempre se la daba a Laurencio abuelo cuando se chupaba.

Malbalá le colocó la calabacita en la mano y la guió hasta los labios de su hijo.

—Cuidado, está caliente. Pero caliente será mejor. Así, muy bien —lo animó cuando Aitor tragó el primer sorbo—. Después te vas derechito al arroyo y tomas un baño, que apestas a alcohol y a vómito, hijo mío.

Acabó de beber la infusión y permaneció sentado, con la cabeza contra la pared y los ojos cerrados, hasta que el estómago se le fue asentando y la pulsada en las sienes, calmando. Escuchaba que su madre se movía cerca de él, y también los ruidos que hacía Bruno dentro de la casa mientras se vestía para ir a trabajar. Y él, ¿qué haría?

Sin duda, tomaría el baño que le había sugerido su madre. Pero, ¿y después? ¿Cómo seguiría adelante si el aire que necesitaba para respirar lo había abandonado? Los ojos se le calentaron bajo los párpados cerrados. No quería llorar, no quería sentir lástima de sí mismo.

Él era el único culpable de la tragedia que lo asolaba. Él tendría que buscar la salida.

Más animado, se incorporó con precaución. Por fortuna, el entorno había cesado de girar y ya no lo asaltaban las náuseas. Descubrió la muda, el paño de algodón, el pedazo de jabón y el pote con ungüento de urucú que le había dejado su madre y, sin decir palabra, los tomó y se marchó caminando hacia el arroyo. Se le ocurrió ir al lugar secreto, ese recodo del Yabebirí oculto en un sector especialmente denso de la selva, donde él y Jasy habían compartido momentos inolvidables bajo la cascada. Enseguida rechazó la idea; no se torturaría; lo que precisaba era recobrar el dominio y la calma para razonar. Desde ese día y hasta el día en que soltase el último respiro, encontrar a Emanuela se convertiría en el sentido de su existencia.

El agua estaba helada, y recibió con gusto el impacto del frío en el cuerpo; lo despabiló de un golpe. Se enjabonó deprisa y con vigor, hizo buches y gárgaras para deshacerse del mal aliento y se lavó el pelo. Salió del arroyo, se envolvió en la pieza de algodón y se friccionó los brazos y el pecho para entrar en calor. Más a gusto, con la tela echada a la espalda, se sentó sobre unas rocas y se quedó mirando fijamente la superficie del agua, que iba aquietándose.

Los ojos se le llenaron de lágrimas, cuya calidez contrastó al rodar por las mejillas frías. Le costaba creer que regresaría al pueblo y Emanuela no estaría allí para recibirlo con la alegría que siempre la acompañaba, desde niña, y que ella nunca había perdido. Nadie lo había mirado con la devoción de su Jasy. Nunca se lo dijo y en ese momento se arrepentía, pero, cada vez que sus ojos azules le decían cuánto lo admiraban y cuánto confiaban en su fuerza y en su destreza, él se sentía poderoso, con la capacidad para vencer cualquier batalla. Se cubrió la cara y lloró en silencio, aterrado por la idea de no volver a verla, y también por la posibilidad de que, si la encontraba, ella lo contemplase con odio y desprecio. Ese pensamiento le arrancó un rugido de rabia y frustración. Lo había tenido todo y lo había perdido en unos segundos de debilidad e insensatez. Se arrepentía profunda y sinceramente.

¿La vida no le daría otra oportunidad? Quería redimirse, pedirle perdón, besarle los pies, mojárselos con lágrimas, levantar la vista y encontrarse con la mirada dulce y amorosa de su Jasy.

—¡Jasyyy! —exclamó, con los puños apretados y la cabeza echada hacia atrás.

El clamor agitó a las aves, que profirieron graznidos y echaron a volar en bandada. Su lamento se propagó también en la densidad de la vegetación y alteró a los animales, que aullaron y gruñeron y se agitaron en los árboles y en el suelo.

—¡Perdóname, amor mío! ¡Perdóname! ¡Perdóname! Perdóname —susurró al final, casi sin voz, y echó la cabeza hacia delante, de pronto desfallecido.

Ahogó un sollozo al imaginársela en la barraca, con sus hermosos ojos azules fijos en él y en Olivia, mientras fornicaban. ¡Qué conmoción tan grande debía de haber recibido! Su pequeña e inocente Jasy expuesta a la lujuria de dos seres bajos y pecadores. ¡Qué herida tan profunda le había causado! ¡A ella, al amor de su vida!

Impulsado por la ira y la impotencia, se puso de pie. La tela que lo cubría cayó, olvidada sobre las rocas, y él no percibió el fresco de la mañana en su cuerpo desnudo. Caminó con pasos decididos; detrás, sus huellas quedaban impresas en la marisma. Aferró el cuchillo, se tomó el cabello en una cola y la cortó a la altura de la nuca.

Había estado orgulloso de su cabello larguísimo, negro, lacio y abundante, en especial porque a Emanuela le encantaba que lo llevase hasta la cintura. Además, ella se ocupaba de cortárselo; era a la única que se lo permitía. Mientras Emanuela no regresase a su vida, lo usaría bien corto.

Sujetó en alto el largo mechón de cabello y lo observó antes de arrojarlo con desprecio al agua. Fijó la vista en la corriente que lo desarmaba y lo arrastraba. “¿Qué haré ahora? ¿Cómo continuaré mi vida?” Se sintió tan perdido y desolado que reaccionó como acostumbraba, enojándose. Se enojó con él, con Olivia, pero también con

Emanuela por haberse marchado sin esperarlo, sin brindarle la oportunidad de explicarle, de pedirle perdón, de ponerse de rodillas, de demostrarle cuánto la amaba, a ella, solo a ella.

—¡Cobarde! —exclamó—. ¡Cobarde! ¿Acaso te olvidaste de nuestro pacto de sangre? ¿Acaso olvidaste tus promesas? ¿Te olvidaste de que me prometiste que siempre estarías a mi lado, que siempre me esperarías?

Le contestó la selva, perturbada por sus acusaciones y exigencias vociferadas, que cambió sus sonidos habituales por otros más intensos y agresivos. Le devolvía como un eco la rabia que él soltaba al viento. Se quedó en silencio, observando el entorno con ojos desmadrados.

—¡Te encontraré, Emanuela! ¡Te lo juro por lo más sagrado que tengo, que es tu amor, que te encontraré!

Se vistió deprisa, entre insultos y bufidos, y emprendió el regreso.

Una determinación febril lo motivaba a comenzar el día. Lo primero que haría sería pedirle disculpas a su pa’i Ursus por el comportamiento de la noche anterior y someterse al estúpido rito de la confesión para ganárselo de nuevo. Si él era el único que sabía dónde se encontraba su Emanuela, pelearse con el jesuita constituía una estrategia poco inteligente. Lo segundo era determinar qué haría con su vida. Se le había ocurrido aceptar el trabajo de capataz que su padre le ofrecía en su hacienda, Orembae, idea de la que desistió enseguida, porque si de algo estaba seguro era de que solo permaneciendo en San Ignacio Miní y en contacto con su gente llegaría a conocer el destino de Emanuela. Algún día, alguien se enteraría de algo o a su pa’i Ursus se le escaparía una pieza de información, y él tenía que estar cerca para enterarse. Si se iba a vivir a Orembae, perdería esa posibilidad.

De igual modo, los únicos oficios que conocía, el de aserrador y el de cazador, lo obligaban a mantenerse lejos de la doctrina durante semanas, situación que era inadmisible en las nuevas circunstancias.

Después de pedirle disculpas a su pa’i Ursus y de confesarse, le rogaría que le permitiese trabajar en el aserradero de la misión. Don Clemente, el jefe, lo miraba cruzado, al igual que el resto del pueblo, a causa de su fama de luisón, pero como trabajador, lo respetaba. Aitor no le escabullía a las tareas duras y era muy fuerte para acarrear y mover los pesados troncos, sin mencionar que conocía las maderas como la palma de su mano.

Como primera medida, fue a la misa de la mañana y se puso a la vista de Ursus, junto a su madre. El cura elevó las cejas al descubrirlo entre los feligreses, y no volvió a mirarlo lo que duró la ceremonia.

Aitor se abstuvo de comulgar y permaneció de rodillas, en actitud penitente, hasta que el sacerdote los habilitó para marcharse con el clásico: “Ite, missa est”. Aitor no siguió a la gente, que abandonó el templo por la entrada principal, sino que se evadió por el altar hacia la sacristía, cuidándose de arrodillarse y hacer la señal de la cruz frente al Santísimo.

Hacía años que no entraba en esa pequeña sala donde había pasado muchos momentos de su infancia observando a su admirado y amado pa’i Ursus mientras se preparaba para la misa. Lo halló en el momento en que el monaguillo lo ayudaba a quitarse la casulla. Se quitó el sombrero y, con la vista al suelo, murmuró:

—Buenos días, pa’i.

Ursus lo miró de soslayo.

—Buenos días —contestó secamente.

El antagonismo del jesuita lo desanimó. Contaba con el amor que su pa’i le profesaba desde pequeño. Él era el guardián del secreto que él necesitaba con el mismo anhelo que su próximo respiro. Tenía que componer las cosas con el sacerdote o encontrar a Emanuela sería muy difícil. La Compañía de Jesús poseía colegios, doctrinas, iglesias y casas en todas las ciudades de las Indias Occidentales. Ella podía haber ido a parar a cualquiera. Hasta ese momento, había actuado como de costumbre, como un desaforado, impulsado por su mal carácter y no por la razón. En adelante, sería inteligente y cauto, y, como el yaguareté, se mantendría en silencio y al acecho hasta que la presa estuviese lista y al alcance para saltarle a la yugular.

Pa’i, ¿podemos hablar?

—Ahora no, Aitor. Sabes que, en un rato, empiezo con el catecismo.

—¿Más tarde?

Ursus no contestó mientras se desataba el cíngulo y se quitaba

el alba y se los extendía al niño para que los colgase en el ropero.

—¿De qué quieres hablar?

—Quiero hacer confesión —manifestó, sin dudar, con firmeza, y supo que había dado en la diana.

—Regresa hoy, después de la misa de la tarde. Aquí estaré esperándote.

Aguyje, pa’i —agradeció en guaraní—. Que tengas un buen día.

Ursus no contestó, y Aitor se retiró con el sombrero en las manos y la cabeza gacha. Sorbió en silencio los mates que su madre le cebó en la enramada y engulló sin disfrutar la torta de patay y miel silvestre. Bruno lo saludó con palabras masculladas; lucía muy deprimido, lo mismo que Miní, Timbé y Porã, que lo buscaron para que los acariciase.

—¿Dónde están Saite y Libertad? —preguntó de repente.

—Se escaparon —contestó Bruno—. El día en que Manú se fue, abrimos la puerta y volaron hacia el río. No han vuelto.

—Están con ella —afirmó Malbalá, y Aitor se alegró; esas dos siempre habían protegido a su Jasy con el mismo fi ero celo que él.

Bruno se despidió, alicaído, y se marchó a la alfarería. El silencio se pronunció en la enramada.

—Te cortaste el cabello —comentó Malbalá.

—Sí, ya era hora.

—Manú amaba tu cabello largo. —Aitor guardó un silencio empecinado—.

¿Qué harás ahora?

Supo que no le preguntaba por las siguientes horas, sino por su vida.

—He decidido quedarme en San Ignacio. Le pediré a don Clemente que me asuma en el aserradero.

—¿No retomarás tu trabajo de hachero en la selva?

—No. Necesito quedarme en el pueblo. Tengo que estar cerca y alerta por si se presenta alguna información de Emanuela. Sy, mírame.

—Malbalá levantó la vista y la fi jó en la de su hijo—. Si llegases a saber algo de ella, de dónde se encuentra o cualquier cosa, ¿me lo dirías?

Malbalá advirtió una recia determinación en sus extraordinarios ojos dorados, pero también descubrió una pena insondable.

—Sí, hijo, te lo diría.

—¡Júramelo! Júrame que, cualquier cosa que sepas de ella, me lo dirás.

—Lo juro.

—Gracias, sy.

—¿Qué harás ahora?

—Por lo pronto, iré a hablar con don Clemente. Si él no tiene problema para conchabarme en el aserradero, entonces mi pa’i Ursus no se opondrá. Después, me iré un rato al monte a cazar. Volveré por la tarde.

—Sí, haz eso, ve a cazar. —Malbalá lo conocía; sabía que necesitaba tomar distancia, alejarse, gastar energía, quitarse la rabia y el dolor lanzando flechazos, arrojando piedras con la honda y destripando animales con el cuchillo.

Lo siguió con la mirada mientras su hijo entraba en la casa. Volvió a salir pocos segundos más tarde, con la canasta de regalos para Emanuela en la mano.

—¿Por qué está esto acá? ¿No se lo diste?

—Sí. Debió de olvidarlos —mintió Malbalá, y apartó la mirada.

—¿Crees que soy idiota, sy? ¡No me mientas! Necesito saber que cuento contigo, sy. Necesito saber que me dirás la verdad. Siempre.

Malbalá suspiró, con ánimo cansado, y se sentó frente al telar.

—No quiso llevárselos.

—¿Por qué?

—¡Y todavía tienes el descaro de preguntar por qué! —Se puso de pie, y Aitor se echó atrás—. ¡Le rompiste el corazón, Aitor! ¡Se lo rompiste! ¡Estaba destrozada! ¿Puedes entender lo que estoy diciéndote?

¿Eres capaz de dejar de pensar solo en ti y comprender lo que mi pobre hija padeció y está padeciendo lejos de mí?

Aitor apretó las manos en la canasta y bajó la vista enturbiada. Las lágrimas cayeron sobre los obsequios de doña Florbela. Malbalá lanzó un gemido exasperado y volvió a ocupar su asiento frente al telar.

—Emanuela dijo que no quería tus obsequios, que se los dieras a tu mujer.

Apretó los párpados al darse cuenta de que su madre se había enterado de lo de él y Olivia.

—Por eso te dejó, Aitor, porque te descubrió con esa mujer, en la barraca.

—Lo sé. Mi pa’i Bansué me lo contó. Sé que me vio con Olivia.

—En el mutismo que siguió, se oían el roce del huso y la respiración trabajosa de Aitor—. Emanuela es mi mujer —sollozó al cabo, y cayó de rodillas—. Ella. ¡Solo ella!

—Sí, lo sé, pero tienes que entender que lo que vio en la barraca la convenció de lo contrario.

Aitor se puso de pie y se sentó en un tocón, junto a su madre, con la canasta sobre las piernas.

—¿Ella te dijo que nos vio a mí y a Olivia en la barraca?

—Sí, solo a mí. Y será una confidencia que me llevaré a la tumba.

—¿Qué más te dijo?

—Poco y nada.

—Por favor, sy, dime lo que te haya dicho.

Malbalá prosiguió ejecutando las diestras maniobras sobre el telar, y Aitor dedujo que no hablaría. A punto de levantarse, volvió a sentarse al escucharla decir:

—Me dijo que la habías herido profundamente y que no quería volver a verte.

El efecto de las palabras fue devastador, y su cuerpo, en respuesta, se estremeció.

—Moriré si no vuelvo a verla, sy. Moriré.

—También admitió —continuó Malbalá, haciendo oídos sordos a su hijo— que no sabía cómo seguiría adelante sin ti.

Aitor rio entre lágrimas, y un hilo de esperanza le mantuvo el ánimo en alto. Lucharía por recuperarla con uñas y dientes. Nadie, ni siquiera la propia Emanuela, lo mantendría lejos de ella.

—Me ama, entonces. Todavía me ama.

—Por supuesto que te ama. Te amará toda la vida.

—Y yo a ella, sy.

Abandonó el asiento y entró en la casa. Levantó la tapa del baúl de cuero donde guardaba sus misérrimas pertenencias, depositó la canasta en el fondo y la cubrió con unas prendas.

—Te la daré cuando volvamos a vernos, amor mío.

Se acordó del dinero que le había pagado don Edilson el día anterior y que aún conservaba en el morral. Abrió el talego, contó las monedas y las añadió a las que ocultaba tras una piedra de la pared, en una esquina, la del camastro de Emanuela, y cerca del suelo. Allí conservaba otros tesoros, como la tacuara que ella le había regalado el día de su decimoctavo natalicio. La sacó y la besó, y pasó el índice por el perfil de las letras que Emanuela había tallado con primorosa caligrafía.

—Aitor y Jasy —leyó en un susurro, y cayó en la cuenta de que había escrito su nombre primero. Ella siempre lo había puesto primero.

Él, en cambio, siempre se había puesto a sí mismo en primer lugar.

Primero estaban sus necesidades físicas, sus celos, sus enojos, sus exigencias, sus deseos, y, aunque en ese momento comprendiese que se trataba de un comportamiento egoísta y ruin, temía que sería de ese modo la vida entera, porque negra era su alma, y por la misma razón que debería dejarla en paz y permitirle hacer una vida lejos de él, por ser egoísta, ruin y de baja calaña, seguiría buscándola hasta el último aliento, porque la quería para él. Porque la necesitaba.

Extrajo los dos rollos de papel de la caña y los extendió. Dejó de lado el retrato de él y admiró el otro, el de ellos besándose. ¡Cuánto extrañaba sus labios! ¡Cuánto necesitaba de su cuerpo de niña y de la inocente pasión de sus manos! Eso lo había sorprendido, la entrega sin barreras de Emanuela cuando él la inició en las cuestiones íntimas entre un hombre y una mujer, pese a sus escasos trece años. Ahora que lo meditaba, jamás se había escandalizado, ni negado, ni le había reprochado sus excesos. Nunca se había mostrado arrepentida, ni le había pedido que no volviesen a tocarse, ni a besarse, comportamiento extraordinario si se tenía en cuenta la educación cuidada y pacata que había recibido por parte de Malbalá y de su pa’i Ursus. Es que Jasy era extraordinaria. No existía criatura como ella sobre la faz de la Tierra.

“¿Le contarías a mi pa’i Ursus en confesión lo que hacemos cuando estamos solos?” “No”, había sido su contestación, en la cual no había existido un atisbo de duda. “¿Por qué no?” “Porque en la confesión se cuentan los pecados, y para mí esto que tú y yo compartimos no es pecado. Nuestro amor no es pecado. Es una bendición. Tú eres una bendición para mí.”

—Oh, Jasy, amor de mi vida, eres una bendición, no yo. Pero te necesito. Yo tampoco sé cómo seguir adelante sin ti. Vuelve a mí, amor mío. Vuelve a mí.

Besó el dibujo, lo enrolló junto con su retrato y lo guardó en la tacuara, a la que acomodó en el hueco del muro. También ocultó los tres objetos hallados la noche anterior en la torreta: el collar de conchillas, la piedra violeta y la traducción del soneto, al cual besó con reverencia imaginándola mientras lo escribía para él. Colocó la piedra y arrimó de nuevo la cuja a la pared. Se calzó el sombrero y se dirigió al aserradero, donde Clemente lo recibió con más simpatía que de costumbre y, después de señalar que se había cortado el cabello, le aseguró que podía ocupar su puesto cuando lo desease. Uno de los trabajadores se había accidentado y se ausentaría durante varias semanas.

—Puedes empezar hoy mismo —remató.

Aunque había planeado irse de caza, aceptó.

—Ve al embarcadero. Están al llegar nuevos troncos. Lleva la carreta y la yunta.

Trabajó duramente y, dado que, como de costumbre, pasó por alto los vistazos aviesos y los comentarios mascullados que su presencia suscitaba, no se enteró de que sus compañeros lo culpaban de que la niña santa, que tantas bendiciones les había prodigado, ya no viviese en la doctrina. La misma suerte estaba corriendo

Olivia en el cotiguazu, donde incluso sus mejores amigas la responsabilizaban por lastimar profundamente a Emanuela, al punto de orillarla a abandonar el pueblo donde había vivido desde el día de su nacimiento.

—¡No sé de qué están hablando! —se ofuscó la acusada.

—Pues Tarcisio —tomó la palabra la que llevaba la voz cantante en la casa de las viudas— escuchó anoche a mi pa’i Bansué decirle al luisón que la niña santa decidió irse del pueblo después de que los vio a ti y al luisón fornicar en una de las barracas.

—Ni tú, ni el luisón la vieron —aportó otra—, porque mi pa’i

Bansué la sacó de allí en silencio, pero ella los vio. ¡Y eso le rompió el corazón!

—¡Mentira!

—¿Acaso acusas a mi pa’i Bansué de mentiroso, Olivia?

—Yo no lo acuso a él, sino a ustedes y a Tarcisio.

—¡Ahora por tu culpa y la del luisón nos hemos quedado sin la protección de la niña santa, que nos salvó de la viruela!

—Emanuela no nos salvó de la viruela —intentó razonar Olivia—, sino los cortes que nos hicieron en los brazos.

—¡Calla, mala mujer y pecadora! ¡Ella nos salvó! Ninguno de nosotros cayó gravemente enfermo.

—¡Juan Ñeenguirú cayó enfermo! —le recordó una anciana—.

Y la niña santa lo curó con sus manos.

—¡Ahí tienes! ¿Qué me dices ahora de Juan Ñeenguirú, Olivia?

A él no le hicieron los cortes en el brazo y curó igualmente gracias a su hermana de leche, que lo tocaba todos los días.

—Se olvidan —retomó la acusada— de que mi pa’i Ursus leyó en la misa la carta del provincial en la que le ordenaba irse.

—Muchas veces los provinciales mandaron sacarla de la doctrina, pero siempre mi pa’i Ursus halló el modo de retenerla. Esta vez no fue posible puesto que ella deseaba irse. ¡Y lo deseaba por tu culpa, porque le robaste su hombre, el que ella amaba!

—¡deberías haberte ido, ladrona de hombres, y no la niña santa! —¡Yo no robé nada! se defendió Olivia, y encaró hacia la salida, temerosa de su suerte—. Y si ella decidió irse sin presentar pelea, no es problema mío. —Dio media vuelta y se marchó, dejando atrás a un grupo de mujeres encolerizadas que le gritaban a coro.

 

* * *

 

Por la tarde, al finalizar la jornada en el aserradero, fue a su casa, se lavó la cara, el pecho y los sobacos, y se puso una camisa limpia, la de algodón de Castilla que le había confeccionado su Jasy. Oyó la misa de la tarde, mientras reflexionaba que era la primera vez desde que tenía memoria que asistía a dos servicios en un mismo día. Al igual que esa mañana, en lugar de seguir a la feligresía que abandonaba el templo por la puerta principal, Aitor se evadió hacia la sacristía. Se quitó el sombrero y entró haciéndolo girar en las manos y con la vista al suelo.

—Siéntate ahí —le indicó el jesuita, mientras se deshacía de los paramentos sacerdotales—. En un momento estaré contigo.

—Sí, pa’i. Gracias.

El sacerdote despidió al monaguillo, cerró con llave las puertas del ropero y se ubicó en una silla frente a la de Aitor, de modo que sus rodillas casi se chocaban. Besó la estola morada que vestía para confesar y se la colocó detrás del cuello.

—Ave María purísima.

—Sin pecado concebida, pa’i.

—¿Hace cuánto que no te confiesas, hijo? —Aitor vaciló, y Ursus intervino—: Te diré yo cuánto hace. Tu última confesión fue la noche antes de huir de la misión, el 5 de agosto. Hoy estamos a 29 de mayo, por lo tanto han pasado casi diez meses desde la última vez que hiciste confesión.

—Sí, pa’i, así es.

—¿Qué pecados has cometido?

—He fornicado, he atacado a mi pa’i anoche y he traicionado a la mujer que amo.

—La lujuria y la ira, dos de los siete pecados capitales. Sin duda, tus dos vicios más marcados, Aitor.

—Sí, pa’i.

—¿Te arrepientes?

Aitor levantó la cabeza en una acción veloz y se lo quedó mirando con el gesto de quien ha oído una aseveración inentendible o en extremo insensata.

—Por supuesto que me arrepiento, pa’i, sobre todo de haberles causado tristeza a ti anoche al atacarte y a Emanuela, porque me vio fornicando con otra mujer. Desearía volver a vivir todo de nuevo y no equivocarme tan fiero.

—Ah, sí, volver el tiempo atrás sería una gran solución, Aitor, pero esa posibilidad nos ha sido negada. Lo único que nos queda es echar mano de las virtudes para vencer los vicios y no repetirlos en el futuro.

A la lujuria la vencerás con una vida casta, y a la ira, con la paciencia.

—Sí, pa’i.

—Mi penitencia para ti, Aitor, será que oigas misa todos los días a partir de mañana y durante un año y que hagas comunión diaria, para lo cual tendrás que estar en la gracia de Tupá.

La juzgó una penitencia durísima; la ceremonia religiosa lo aburría y fastidiaba; no obstante, aceptó con demostraciones de obediencia porque se habría avenido a cualquier castigo con tal de recuperar la confianza del sacerdote y obtener la información que este tan bien custodiaba.

Ursus rio por lo bajo, y Aitor levantó la vista, desconcertado. El jesuita le palmeó el hombro.

—Con tu pa’i no tienes que fingir, hijo mío. Sé cuánto te aburre asistir a misa. Por esa razón te he impuesto este castigo, porque tu falta ha sido grande. Con tu incontinencia ante el apetito sexual, has lastimado a un ser que te ama tiernamente.

—Ni siquiera lo hice por apetito sexual, pa’i —expresó Aitor con sinceridad—. Lo hice por rabia, porque ella se había olvidado de mí al ponerse a cuidar a esos apestados.

—El único apestado era tu hermano Juan.

—A mí eso no me importó, pa’i. Ella estaba exponiéndose a la viruela y no pensó en el dolor que me causaría si enfermaba y moría.

—Eres egoísta, Aitor.

—Lo soy, pa’i. ¿Para qué voy a negártelo a ti, que tan bien me conoces? Pero quiero cambiar —manifestó de pronto con vehemencia—.

Quiero ser mejor para merecerla.

—Manú se ha ido —le recordó.

—No me importa. La esperaré la vida entera si es necesario. Pero ella y yo nos casaremos. Nadie me lo impedirá. Yo le había pedido que se convirtiera en mi esposa y ella había aceptado. —Se le quebró la voz, y apretó el puño, enfurecido por la muestra de debilidad.

—¿Cuándo planeaban decirme que habían decidido casarse?

Aitor carraspeó antes de contestar:

—Ella quería contártelo, pa’i, pero yo no se lo permitía.

—¿Por qué?

—Porque los matrimonios mixtos están prohibidos en las misiones.

—¿Y tú creíste que yo no los habría ayudado a casarse? —Lo preguntó sin animosidad, más bien con el interés de saber qué pensaba Aitor.

—No lo sé, pa’i —admitió él—. Tú siempre quisiste que ella fuese española. La educaste como española. No la dejabas dormir en una hamaca y le enseñabas el castellano, el latín y el griego, y las maneras de los blancos. Era como si estuvieses preparándola para un esposo español.

—¿Qué habrías hecho si les hubiese prohibido contraer matrimonio?

—Me la habría llevado de la doctrina, pa’i, para casarme con ella.

—¿Adónde? —preguntó con cierta ironía—. ¿A quién habrías recurrido por ayuda?

—A mi padre —respondió, más movido por la rabia que le incitaba el tono del jesuita, que por la sensatez.

—¿Sabes quién es tu padre? —se pasmó Ursus, y Aitor asintió—.

¿No vas a decírmelo?

—¿Para qué?

—Porque soy tu pa’i Ursus, porque te conozco desde el minuto mismo en que naciste, porque eres como un hijo para mí, porque todo lo que a ti concierne me importa mucho.

Aitor suspiró y bajó la vista.

—Vespaciano de Amaral y Medeiros.

Ursus inspiró de manera profunda y ruidosa y se echó hacia atrás en la silla. Se rascó la barba que le orlaba la mandíbula y observó a Aitor con ojos aguzados.

—Ahora comprendo muchas cosas, por ejemplo, el cariño que Vespaciano demuestra por ti.

—Sí, pero no está dispuesto a reconocerme como su hijo.

—¿Se lo pediste?

—Lo hice por Emanuela. A mí me importa muy poco ser un

Amaral y Medeiros, pero creía que, con ese apellido, sería más fácil protegerla de quienes quisieran arrebatármela.

—Entiendo. ¿Hace mucho que sabes que eres su hijo?

—Hace unos años.

—¿Por qué nunca me lo contaste, Aitor? Debió de ser una fuerte impresión para ti enterarte. ¿Cómo fue?

—La oí a mi madre que se lo confesaba a Amaral y Medeiros.

—¿Por qué no recurriste a mí? ¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque no era importante, pa’i.

Se miraron con fijeza, sin incomodidad, ni falsas pretensiones.

Ursus estudió esos ojos dorados, realzados por las pestañas tan negras

y espesas, cuya belleza no bastaba para disimular el dolor profundo que anidaban, el cual él habría podido borrar faltando a una promesa. Con un suspiro, colocó la mano izquierda sobre la coronilla de Aitor, cerró los ojos y pronunció la fórmula que lo devolvía a la gracia divina.

Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti. Amen.

—Gracias, pa’i.

—Ahora ve en paz y no peques más.

Ursus se puso de pie, y Aitor hizo otro tanto.

¿Pa’i?

—¿Qué, hijo?

—¿Por qué no me dices dónde está mi Emanuela así voy por ella?

—No te lo diré porque se lo prometí, ya te lo dije. Ahora que acabas de confesarme que te pilló con otra, comprendo la profundidad de su dolor. Estaba destrozada, Aitor. —Le desolación del muchacho le causó una gran pena, que deseó aligerar de algún modo—.

Cuando le pregunté si te amaba, me contestó: “Más que a mi vida”.

—Gracias por decírmelo, pa’i. Saberlo me da esperanzas.

—No las pierdas, hijo.

—¿Has sabido de ella?

—No aún. Estimo que recibiré carta dentro de un tiempo.

—¿Puedo escribirle, pa’i? —Ante el gesto difi dente del jesuita, se apresuró a añadir—: Te daré la carta a ti, pa’i. Podrás leerla y verás que es honesta y sin mal.

—Está bien —dijo, no muy convencido.

—Cuando respondas a su carta, ¿le dirás que estoy muy arrepentido y que la amo?

—Se lo diré.

—Y pídele que te autorice a decirme dónde está, así voy a buscarla para traerla de regreso.

—No, Aitor, no la presionaré con eso. Emanuela me lo dirá si ella lo juzga conveniente. Déjala tranquila por un tiempo, permítele que sane la herida que le causaste.

—¡Es que tú no comprendes, pa’i! ¡No puedo vivir sin ella!

—Aitor, hijo, ¿qué hablamos de la ira? Debes combatirla con la paciencia. ¿Y qué dijimos del egoísmo? No todo se refiere a ti, hijo mío.

Ahora es tiempo de que pienses en lo que es mejor para Manú. Ella ha puesto distancia porque la necesita. Respeta su decisión. —Aitor asintió con la cabeza baja—. Esta será una enseñanza dura para ti, pero te aseguro que te templará el espíritu y saldrás convertido en un hombre mejor, más digno de ella. Vive esto como un desafío, como una prueba.

Un muchacho que a los trece años aprendió a vivir solo en la selva no puede amedrentarse frente a esto.

—¿Sabes, pa’i? Siempre he estado seguro de una cosa: que no le temía a nada, excepto a vivir sin mi Emanuela. Ahora que estoy viviendo la pesadilla más temida, estoy asustado porque no sé si saldré bien parado de esto.

—Saldrás con bien de esta prueba, Aitor. Lo harás por una simple razón: porque si es verdad que quieres recuperarla, lucharás. De igual modo, no olvides que Manú no puede regresar a la misión. Fue una orden expresa del provincial, y esta vez no hubo posibilidad de cambiarla.

—¿Por qué, pa’i? ¿Qué daño le hacía ella a la misión? ¡Ella, que solo hace el bien!

—Aitor, no juzgues con ligereza cuando hay cosas que no sabes.

En este momento la Compañía de Jesús está atravesando un momento difícil, y la presencia de Manú en la doctrina, en abierta contravención a las Ordenanzas de Alfaro, se habría convertido en una debilidad que nuestros enemigos habrían aprovechado para golpearnos duramente.

—¿Puedo saber qué está sucediendo, pa’i?

—Lo sabrás a su tiempo.

—Está bien.

—Ven, vamos. —Caminaron en silencio hacia la puerta de la sacristía y salieron al jardín que rodeaba la iglesia. Ya era de noche—.

Veo que te cortaste el pelo —comentó el jesuita en un intento por aligerar los ánimos.

—Sí, y así lo dejaré hasta que Emanuela vuelva a mí.

—Recuerdo aquella ocasión cuando eras pequeño y pescaste piojos…

¡Lo que fue raparte, hijo mío! Creí que me odiarías para siempre.

—No, pa’i. Nunca estoy enojado contigo por mucho tiempo.

¿Podrías prestarme papel, pluma y tinta para escribir? En mi casa no hay nada de eso.

—Sí, lo haré.

—¿Cuándo crees que recibirá mi carta, pa’i?

—Apenas parta una jangada para Asunción, la enviaré.

—¿Ella está en Asunción? —se animó de repente.

—No, hijo —sonrió Ursus—. ¿Tan tonto me crees?

—No, pa’i, sé que no tienes un pelo de tonto.

—Desde Asunción parte la correspondencia para las distintas ciudades donde nuestra orden tiene intereses.

—Ya veo.

—Paciencia, Aitor. La paciencia y la perseverancia te llevarán muy lejos, hijo mío.

—Si tú lo dices, pa’i…